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martes, 5 de julio de 2011

Un Cuento Para Dormir

Para Tessa y Amanda

-Mamá, no puedo dormir.

El reloj marcaba, sin duda alguna, ya las altas horas de la noche.

-Hija, duerme, que mañana tienes que ir al colegio.

Con cierta insistencia, un tanto acompasada, la aguja giraba inevitablemente hacia la profundidad de la oscuridad, el ojo del búho.

-Mamá, cuéntame una historia.

-¿Prometes dormir después de ella?

-Claro.

-Está bien. Había una vez una pequeña gota de agua que se encontraba en una nube. La gota vivía feliz pues el viento la llevaba de un lado a otro, meciéndola con un suave arrullo y cantándole al oído bellas melodías de ensueño. Además, gozaba de la compañía de muchas otras gotas de agua, cuyo convivio era totalmente armonioso.

Cierto día, llegó a la nube una gota de agua nueva, producto de los flujos naturales del agua y nuestra pequeña amiga salió a darle la bienvenida: “¡Bienvenida seas! Mi nombre es Vita y, a nombre de toda la comunidad, te recibimos como una de nosotras.” “Gracias” contestó cortésmente la recién llegada “pero sólo estaré un corto periodo de tiempo con ustedes. Planeo bajar en cuanto el clima me lo permita”.

El murmullo no se hizo esperar entre la comunidad. Las madres intentaban distraer la atención de los más pequeños, mientras muchos de los adultos mostraban un semblante frívolo y notablemente descontento. Vita, sin perder la compostura, respondió a la premisa “Pero, ¿es qué no te agrada nuestro hogar?”. Todas las miradas se concentraron en la forastera. “Por supuesto que es muy lindo. Desde que llegué, pude respirar un ambiente hermoso y pacífico, pero creo que no podría estar tanto tiempo aquí arriba. Me gusta conocer y viajar a través de todas las tierras que me sean posibles”.

“Pues eso es precisamente lo que nosotros hacemos. Abandonamos nuestra suerte a merced del Viento, y él, sabiamente, nos conduce de un lugar a otro. Hemos visto poderosos monumentos de los seres que se cubren, hemos pasado por las obras de arte más bellas de nuestra madre Naturaleza, hemos recorrido amplios trayectos proporcionándole sombra a las manadas. Por lo demás, creo que es una excelente vida ésta, sin necesidad de bajar”.

“No puedo creer que digas eso. Estoy de acuerdo con que la sabiduría del Viento es la mejor opción para confiar nuestro porvenir, pero, ¿qué placer puede tener el observar por encima de ser parte de eso que ustedes tanto admiran? ¿Acaso encuentran placer en la pasividad? ¿Andar fluctuando de aquí a allá sin un verdadero propósito?”

Vita comenzaba a sentirse molesta. Nadie antes había rechazado la tradicional bienvenida. Con cierta molestia, respondió: “Pues dinos, ¿cuál es nuestro propósito? Digo, si crees que las y los que estamos aquí no tenemos propósito, te pedimos nos indiques el camino a seguir.”

“No fue mi intención decir que no tienen propósito. El hecho es que no encuentro belleza en su andar. Creo firmemente que el observar es una parte, pero el conocer por presencia propia es otra. Por supuesto que he visto todo lo que ustedes han visto, pero además, he conocido todo lo que ustedes sólo han visto. He viajado de la mano de los ríos a través de valles, montañas y praderas, me he deslizado por las paredes de esas maravillosas construcciones y he ayudado a refrescar a los miembros de muchas manadas. En pocas palabras, he vivido tal cual se debería vivir, tal cual nuestra madre Naturaleza quiso que viviéramos.”

Vita no atinó a contestar. Su cuerpo temblaba de la furia que las palabras de la forastera le habían provocado. Entonces, para su alivio, la nube tembló y se ennegreció mientras se juntaba con otras nubes.

“Hasta pronto amigas, espero nos podamos encontrar en breve” y la forastera fluyó hacia la tierra.

Meses después, un niño buscaba refugio de los rayos del Sol. El calor veraniego y la escasez de nubes provocaban una deshidratación brutal. Al final, logró llegar a la sombra de una nube. Desde la nube, Vita veía con nostalgia al niño. Sus discursos sobre la responsabilidad de mantener la nube unida para proveer de sombra a los seres terrestres habían sido menospreciados. Desde la llegada de esa forastera, los integrantes de la nube habían ido descendiendo poco a poco a la tierra. Ahora, quedaban muy pocos. Cuando llegaban nuevas gotas, Vita, recobraba un poco de jovialidad, pero casi siempre se iban y Vita regresaba a su letargo. Por fortuna, vio una gota acercándose y, presurosa, se alistó a recibirla. ¡Cuál fue su sorpresa al reconocer a la forastera!

“¡Qué tal! Es realmente sorprendente que nos volvamos a encontrar. ¿Cómo has estado?”

Vita no podía articular expresión alguna debido a la impresión. Estaba tan frívola y rígida que parecía un cristal.

“Veo que el reencuentro te ha dejado sin habla.”

“¿Por qué regresaste?” interrumpió bruscamente Vita. “¿No te fue suficiente romper con la armonía de mi hogar? ¿Acaso planeas robarme a las pocas compañeras que me siguen fieles?”

“¿Pero de qué hablas? Esto no es una cuestión de fidelidad, sino de libertad. Las gotas que han descendido o permanecido han tomado una decisión en absoluta libertad. Si yo sugerí algo, fue realmente algo de mi corazón. Mi sentir y mi amor se confirman en la libertad. Deberías de intentarlo. Es más, ¿qué te parece si te muestro a ese niño al cual admiras con tanta solemnidad desde aquí? Podrás recorrer su mejilla y ayudarle a huir del calor. El clima es perfecto. ¡Ven!”

Vita se encontraba aún más desconcertada por semejante invitación. Debía o no responder al desafío. “Bueno, si no estás lista puedes quedarte, pero recuerda: es mejor fluir que sólo fluctuar”.

La madre besó en la frente a la hija y la arropó en su cama. Las primeras gotas de lluvia golpearon la ventana. Se aproximaba una de esas lluvias que llenan de vida y fertilidad los campos. En breve sería época de cosecha. La madre apagó el interruptor de la luz y volteó a ver por última vez a su hija. Fluye, le dijo con una voz suave y maternal.


Joetich Lesai Fanh (16-VI-2011)

martes, 28 de septiembre de 2010

El Jinete

…Después se pierde en la noche,
Y aunque la noche es muy bella,
Él va pidiéndole a Dios
Que se lo lleve con ella…
José Alfredo Jiménez (1953) “El Jinete”


Llegué increíblemente cansado, pues el viaje a carreta a través de la sierra no era precisamente lo más cómodo. El polvo se levantaba y aglomeraba en densas nubes que dificultaban el paso a través de las veredas que conducen al pueblo. Me habían hablado del descuido y atraso en el cual se desarrollaba esta comunidad. Al llegar ahí, pensé incluso en una exposición a la cual había asistido días antes. Me imagine la ambientación del museo y pensé que si ésta hubiera sufrido una metamorfosis digna de algún desastre natural, se vería exactamente igual a lo que veían ahora mis ojos. En fin, camine con paso decidido, como era mi costumbre, y entre al pequeño pueblo.

Las voces de los niños que levantaban nuevas nubes de polvo mientras corrían como algún bello animal recién liberado en su hábitat natural, eran un colorido único del lugar. Las campanas replicaban, anunciando las tres horas de la tarde. Voltee a ver el viejo reloj de bolsillo, herencia de mi abuelo, y la hora era exactamente las tres con cuatro minutos. Desde que el reloj era de mi abuelo, siempre había impregnado una extraña aprensión, que yo llamaba manía, por lograr sincronizar perfectamente el reloj. El mantenimiento, el ajuste del engranaje y la limpieza minuciosa proporcionada por sus dueños era algo digno de locos.

En fin, mientras avanzaba por la que yo creía era la avenida principal, divise a lo lejos, un señor con aspecto desaliñado y pueblerino, con su sombrero de paja lleno de polvo, una camisa a cuadros tan desgastada por el uso como sus manos por el arado, y unas botas casi a punto de romperse. Me encamine hacia él, como en muchas e innumerables ocasiones había hecho con otras personas en distintos lugares.

Al llegar a la puerta de su casa, el olor a recuerdos y sabiduría comenzó a divisarse en el aire y una sensación, hasta ahora desconocida para mí, recorrió todas y cada una de las partes de mi cuerpo en una forma tan natural y extraña que temblé. Al acercarme, le salude con cierta cordialidad, y obtuve una respuesta fría y poco amable, pero en varias ocasiones había sido tratado así, por lo que respondí de una manera políticamente correcta:

-Disculpe mi falta de educación. Soy escritor, interesado en las leyendas populares y vine aquí porque me dijeron que acá habitaba un fantasma, un tal jinete.

Como por arte de magia, esa magia tan incomprensible y real que habita en las palabras y las vuelve un instrumento puro de belleza y poder, el extraño hombre enmudeció y empalideció cual mármol; los cantos de los niños dejaron de escucharse, pues sus madres habían corrido presurosas a llamarlos y refugiarlos en sus respectivos hogares. Por un momento me pareció, incluso, que las campanas dejaron de repicar y el viento cesó su murmuro decadente, pero hasta el día de hoy nunca he estado seguro de eso.

El viejo me miró y tras minutos de silencio que parecieron eternos, empezó a gesticular sonidos tan incomprensibles como el berrido de un cabrío, hasta que, pasada la emoción y vuelto el color a su rostro, me comentó:

-Caballero, he vivido casi setenta años aquí, y en toda mi vida, no había escuchado afirmación más descabellada. Todos huyen del jinete, y, ¿sabe por qué? Es porqué no es un fantasma, es tan real como yo mismo. Yo tuve el infortunio de conocerlo y me encuentro ahora condenado a conservar el recuerdo de cuando él era tan común como cualquiera de nosotros. Si es tanto su interés, como lo revelan sus expresiones faciales, entonces pase, y yo le contaré todo.

**

Él era uno de los capataces más poderosos y ricos de la zona. A pesar del movimiento revolucionario que se estaba gestando, Córdova no era precisamente el lugar más animado por el movimiento. Con esa presencia devastadora e imponente que poseía, acallaba cualquier voz de propuesta en toda la región. Su guitarra era, quizá, su única debilidad. Cuando se sentaba afuera de la hacienda, bajo la sombra refrescante del Mamey-Zapote, sacaba su guitarra y tocaba durante horas, como enajenado por una extraña fuerza, absorto en las cuerdas y los sonidos. Durante esos momentos de éxtasis y elevamiento, su figura se erigía como la de un niño, con la inocencia que los caracteriza, pero, como todo buen niño, mostraba parte de su faceta cruel y despiadada al mundo, siempre cuando estaba alejado de su guitarra. Yo siempre he pensado en los humanos como una extraña mezcla de luz y tinieblas, donde ninguna puede+ apagar a la otra y las dos se encarnan en una lucha interna por ser la faceta más conocida por el exterior. En fin, creo que él tenía más tinieblas que luz o, por lo menos, eso aparentaba.

Por aquellos días, llegó una familia de un banquero, quienes huían de los horrores de la capital del estado. Se instalaron en aquello que usted puede observar en lo alto del monte, esa construcción que asemeja a un monasterio. Mi abuelo decía que unos monjes jesuitas habitaron ese lugar en tiempos coloniales, pero que, ese lugar, era nada más y nada menos que el monte del diablo, y los jesuitas no tuvieron más remedio que huir del lugar tan pronto empezaron a suceder cosas extrañas. Sin embargo, esta familia menosprecio las advertencias de todo el pueblo ¡Ah, cuántas penurias nos hubiéramos ahorrado si tan sólo hubieran hecho caso!

En fin, llegaron durante el verano, creo que recién terminaba la Semana Mayor. El padre López fue el encargado de bendecir la tierra que pisaban. Fue y ofició una misa esa misma tarde, rogando al cielo por bendiciones y prosperidad. ¿Sabe que le pasó al padre López? Lo supuse, nadie conoce esa parte de la historia. A los pocos meses fue encontrado en estado de ebriedad abusando de la hija menor del panadero, quién envuelto en la ira de un padre destrozado, asesinó a golpes al padre y, después, metió los restos a su horno. Desde aquel domingo, cada semana el pan sale con un aroma y sabor ligeramente salado y algunas manchas de un color carmín oscuro. Debería de probarlo, es realmente delicioso.

Olvide mi historia. Todos coinciden que el padre López murió a raíz de bendecir esa tierra endemoniada, pues, como podría bendecir lo que es maldito. Sería como intentar construir un paraíso en el infierno. En lo que divergen las opiniones es en que fue lo que el demonio hizo en la vida del padre: provocarle esa ansiedad por la pedofilia, o provocar que esa ansiedad ya cultivada fuera descubierta por una persona igual de maldita e igual de descabellada con la emotividad suficiente como para matar de una forma tan despiadada. Gajes del oficio, en realidad nunca lo sabremos. Yo, en lo personal, creo que ya tenía ese vicio desde antes y, por bendecir tierra maldita, fue descubierto como castigo del mismísimo diablo. Siempre tuvo cara de maldito, cuando bautizaba niños y cuando veía las limosnas.

Pero me desvío de lo que a Usted realmente le interesa. Nuestro querido capataz -bueno, “querido” es un sarcasmo- fue a intimidar al banquero y su familia durante el oficio. ¡Cuál sería su sorpresa y admiración cuando vio a esa mujer de cabello castaño y tez blanca! Dicen, quienes tuvieron la desgracia de observar ese instante, que sus ojos brillaron cual dos luceros de noche de verano. Seguramente se enamoro perdidamente de ella desde el primer momento en que la vio. Pero fue un amor tan poderoso y tan ciego, tan fuerte y tan embrutecedor, uno de esos amores cuyo propósito no es construir, sino destruir.

¿La mujer? Ah sí, era bellísima. Algunos decían que ella era un ángel. Yo llegué a ver un retrato suyo y le juro por mi mujer, que en paz descanse, ella era una muchacha realmente bella. Quizá por eso él cayó perdidamente enamorado. El capataz se presentó con una cordialidad nunca antes vista en él, e hizo amistad con el banquero. A la semana de haber llegado, el capataz asistió a la comida dominical que el banquero ofreció para toda la gente importante. Mi madre asistió. ¿Mi familia? ¿Importante? Pues yo creo que ni para Dios somos importantes. Mi madre asistió pero como cocinera. Tenía una fama en el pueblo de preparar platillos deliciosos. Ella dice que aprendió de las visitas que hizo a Piedras Negras, pues ahí conoció a Tita, una excelente cocinera. Pero nuevamente divago sobre ideas que no le apetecen. Disculpe Usted. En fin, ese día, el capataz se quedó hablando en el despacho del banquero por cerca de cinco horas. Dice mi madre que al poco de salir, escuchó las campanas del monasterio que doblaban en señal de duelo, y se asustó. Pero al parecer, nadie hizo caso al augurio y se anunciaba que la hija del banquero contraería nupcias con el capataz en un lapso no mayor a cuatro meses.

Imagínese cuál fue la alegría del pueblo al saber que, tan pronto terminase la Revolución, el banquero y toda su familia regresarían a la Capital, y el capataz con ellos. Hubo fiesta en todo el pueblo. Danzas, comida y las campanas de la Iglesia replicaban de felicidad. Los niños corrían cual vivo deseo y cual fuego ardiente, ese fuego que crea y construye. Pero mi madre, quien también sabía leer las posiciones de los astros, presagió tormenta, tiempos de maldición para todo habitante que viviera en el pueblo. Algunos, asustados, huyeron del pueblo. Aún no entiendo el porqué mi familia no escapó, pues era bastante obvio que las consecuencias serían catastróficas para todos, quizá, nos volvería endebles a algún maleficio.

Para no hacer esto largo, el día acordado llegó y la mujer, con esa belleza increíble, vestida en ese blanco pureza, contrajo nupcias en la capilla del monasterio. ¿Perdón? En efecto, el oficiante de la ceremonia religiosa fue el Padre López. La fiesta duró casi una semana, donde los platillos, las prostitutas y el vino no pararon de correr entre los asistentes a la boda. Se cuenta que el mismo Andrés Ascencio estuvo invitado al evento, y asistió por cerca de tres días. Pero para fortuna suya, abandonó el pueblo antes del siguiente domingo. Cuando se cumplieron ocho días de festejos, como invocados por el mismo diablo, torrentes del cielo y de la tierra se desataron, y mientras una lluvia con unas características tan extrañas que quemaba, se desataba sobre todo el pueblo, causando serías laceraciones en la piel de aquellos cuya embriaguez no les permitía levantarse del suelo y se encontraban semidesnudos a causa de la interrupción del encuentro con sus putas; mientras eso sucedía, la tierra dejo subir vapores y se abrió, se agrieto y rugió, para finalmente, escupir una bola de fuego que alcanzó el vestido de la novia, envolviéndola en una danza incandescente de llamas que subían, bajaban y saltaban con alegría sobre el rostro y cuerpo de la desdichada.

El capataz, quien había acompañado a Ascencio a Puebla, se había detenido en un burdel de la sierra, con putas de escasos pesos y placeres incontrolables. Al llegar aquí sus ojos tuvieron el infortunio de ver como las llamas, con avidez, devoraban los últimos alientos de vida de su amada. Lloró. Lloró como nunca antes se había escuchado en el pueblo. Rasgó sus vestiduras y le guardó luto por espacio de un mes, durante el cual, nadie le vio salir de su hacienda, y se cree que se paso noche y día bajo la sombra de su árbol.

Al consumarse el mes de luto, una noche, montó su caballo negro, tomando su guitarra y la inspiración del tiempo perdido en busca de su amada, y se dirigió al monte, más allá del monasterio, donde se extienden los límites del bosque, ese bosque maldito del cual ahora él es habitante y esencia, del cual ahora él es jinete. Esa noche, noche de luna llena, quedó maldita, y ahora, cada luna llena, se escucha el canto del jinete, quien va penando la desdicha de haber perdido a su amada por unas putas y un vaso de vino.

**

El relato me dejó desilusionado. Después de haber viajado a Macondo y a Comala, este viaje se me hacía realmente una pérdida de tiempo. Jamás creí que una leyenda pudiese tener tan mala explicación, y realmente creí que me tomaban el pelo. Pero espere un par de noches, sin que nada digno de mencionarse sucediera.

A la tercera noche, tome un caballo y me encamine hacia el monte del monasterio, hacia el bosque maldito, hacia la leyenda del jinete. Nada sucedía en la pasividad del monasterio y de sus alrededores. Más adentro, cuando la flora era más espesa, parecía la cuna de la tranquilidad, donde ni el menor ruido hubiese podido despertar al niño más inocente del sueño más profundo. Comenzaba a vencerme el sueño cuando, a escasos metros de mí, la maleza se movió extrañamente. No había viento y los animales parecían haberse asustado. Observé con atención y un silencio sepulcral reinaba mi entorno. Me estremecí. Al poco, esa quietud fue corrompida por el ruido de un caballo corriendo a todo galope rumbo al monasterio. Con todo el cuidado, me dirigí hacia el lugar. Pero a poco de llegar, una luz cegadora, como de una bola de fuego, tomó posesión del interior de la construcción y el grito más desgarrador y estremecedor que el hombre pudo alguna vez haber imaginado, recorrió todas y cada una de las partes de mi cuerpo, mi cara palideció y sentí como mi temperatura corporal bajaba de manera drástica. Tuve dificultades para respirar y para lograr distinguir las formas de los objetos. Mi corazón aceleró su ritmo y sentía que se iba a salir de mi pecho. Me asusté y creo, incluso, grité. Pero todo fue opacado cuando las campanas del solitario inmueble comenzaron a repicar en señal de duelo y pude distinguir una figura montada en un caballo salir por la puerta principal. Me desmayé…

Al otro día, mi cuerpo fue encontrado y rescatado por el viejo que me contó la historia. Él me atendió y me preparó una infusión que, según lo que su madre le había contado, tenía el poder de fortalecer el alma a fin de reponerse del encuentro con los muertos.

Tan pronto me recuperé, huí del pueblo. Aún, hoy en día, cuando escribía esta historia, no estaba seguro si había visto un fantasma o un ser humano; no sabía si fue por amor o por orgullo, por entrega o por estupidez, nunca quise averiguar más sobre este jinete. Pero una cosa sé, y estoy completamente seguro de ella, el grito de aquella noche, fue único, indescriptible y aterrador. Fue el grito de Julieta al conocer a Romeo muerto, fue el grito de una madre al saber a su hijo descuartizado por un error de cálculo en Afganistán, fue el grito de Gabriel, quien anhelaba estar a la derecha de Dios...

Joetich Lesai Fanh
08-III-2010

lunes, 16 de agosto de 2010

Para un atardecer


Es increíble cómo descubres nuevas cosas de las personas cuando las conoces más. ¿Has descubierto nuevas cosas de mí? Definitivamente el tiempo me permite conocerte. Algunos dicen que, cuando me conocen más profundamente, cambia la forma en la cual me miran. ¿Cambia, en qué sentido? Pues cambia en que ahora, después de conocerme a fondo, se enamoran de mí. Pues, yo no te conozco tan profundamente, y no me he enamorado de ti, por lo que no podría decirte si eso es cierto. Es decir, ¿no me conoces? Si te conozco, y lo sabes. ¿Me quieres? Te quiero como a pocas personas en esta vida. ¿Y si me conocieras más profundamente? Entonces, según tu, correría el riesgo de enamorarme de ti. ¿Y no te gustaría correr ese riesgo? Son muchas preguntas muy seguidas, ¿no crees? Muy seguidas o muy separadas son concepciones espaciales y temporales tan pobres como un mar sin peces, preferiría una respuesta concreta. Siempre eres así; pues la respuesta es simple: no me importaría correr ese riesgo, pues sabiendo lo increíble que eres con lo poco que te conozco, no puedo esperar a ver cómo eres si te conozco aún más. ¿Aunque te enamoraras de mí? Pues entonces, me enamoraría de una persona inteligente, alegre y bella. ¿Y si ya te enamoraste? Sinceramente es una posibilidad que creo no ha sucedido. ¿Y si yo te abrazara? Te abrazaría también.
Se abrazan.
¿Y si yo te besara? Te besaría en la mejilla.
Le besa.
¿Qué harías si yo te besara así?
Le besa.
Yo haría esto.
Se besan.
Ahora ya me conoces más. Sí, ahora te conozco más. ¿Ahora te has enamorado de mí? Sí, estoy enamorado de ti. ¿Te enamoraste de mí en este instante? Me enamore de ti desde el primer momento en el que te vi, y cada segundo a tu lado me hace enloquecerme más y más.
Le besa, se abrazan y caminan hacia el balcón, desde donde se ve el atardecer.


Joetich Lesai Fanh
12-III-2010

sábado, 31 de julio de 2010

Hoy no es miércoles

Resultaba una sensación en verdad extraña, como de extranjerismo, como de exclusión. Era un tanto parecida a una fotografía en blanco y negro de personas y objetos que no conozco representando temas que no comprendo. Mi caminar, un tanto parecido a deambular, era errático e irregular, producto de la inestabilidad del entorno circundante a mi vida. Quizá la inestabilidad no era producto del entorno, sino algo más introspectivo, algo dentro de mí parecía sonar ilógico, incoherente y hasta injustificable. Era imposible de describir.
Entretanto, yo buscaba refugio en la banqueta adoquinada del centro de la ciudad. Los adoquines, desgastados por el paso de tantas personas descuidadas, parecían gritar, reclamando su propio espacio vital, o Lebensraum como diría el famoso nacionalsocialista. Parecían exclamar a una voz gritona la expansión de sus dominios ya fuera hacia cualquiera de los lados de su figura un poco hexagonal. Parecían discutir airadamente sobre los límites formales entre un adoquín y otro, y de vez en cuando, se podía observar una fractura ocasionada por la riña entre dos adoquines con esperanzas de ensanchamiento. Y aunque estas diferencias y coyunturas eran discutidas con el pleno ejercicio del silencio, si uno presta extrema atención y agudiza el oído, puede llegar a captar parte, o quizá todos los diálogos del ir y venir de estos singulares objetos. Y mientras las disensiones políticas y sociales continuaban, yo juzgue conveniente el caminar simétrico, a la luz de un viejo farol, procuraba desplazar igual número de adoquines en cada paso (primero fueron tres, luego dos), sin perder la uniforme distancia entre ambos pies, la cual se expresaba en dos adoquines.
Me permití distraer mi atención, pues a escasos (uno, dos, tres,… veintiséis) veintiséis adoquines a la derecha de mí se encontraba abierto una edición de un diario. Tras romper mi andar euclidiano, y acercarme al periódico, me di cuenta que era solamente una vieja hoja olvidada en ese rincón de la ciudad; pertenecía a la edición del día que en esos mismos segundos encontraba su ocaso y pude leer en grandes y gordas letras negras del encabezado de la página principal el siguiente título: Gaceta Distópica. El título me pareció un tanto gracioso y sinsentido, parte de un juego monótono y destructivo emprendido desde hace ya varios años por la industria de los medios de comunicación masivos. Llamó, sin embargo, un apartado en la última hoja, un par de artículos cuyo tamaño parecía tan despreciable que, seguramente, el lector o lectores de este número podrían haber dejado pasar desapercibidas esas letras; pero ése no fue mi caso. Desprecié el gran desplegado que anunciaba alguna importante oferta de alguna relevante cadena de tiendas departamentales y posé mi vista sobre un pequeño escrito donde se describía el surgimiento de una nueva tendencia artística, impulsada por jóvenes atrevidos e irreverentes, cuyo descaro llegaba “al límite entre el nihilismo constructivo artístico y la destrucción irremediable del arte”, según palabras propias de uno de los artistas, reproducidas por un aburrido reportero asignado a cubrir la nota. Y me atrevo a usar el calificativo aburrido pues sus palabras y descripciones se antojaban pesadas y desastrosas, a poco con sabores tenues y aromas despreciables, a poco con constantes muletillas que dificultaban y hacían soporífera la lectura, a poco con notables diferencias entre las citas de los efímeros artistas y las desganadas letras de una computadora cuyo teclado se encuentra glutinoso y displicente a causa de los constantes derrames de café. El otro artículo era sobre algunas implicaciones socioeconómicas de actualidad, algo que parecía demasiado importante como para merecer una lectura en tan bohemia situación.
Me pareció algo muy apropiado dejar en paz aquella hoja que, seguramente, serviría de abrigo para algún vagabundo, de los presentes en abundantes cantidades dentro de la ciudad. Dejando de lado esos absurdos y equívocos pensamientos, me reintegré al desplazamiento simétrico, ese caminar robotizado, idiotizado, humanizado. Mientras me dejaba conducir por adoquines dispuestos a distancias regulares, mi mente deambulaba por oscuros callejones en una noche oxidada por la melancolía y la soledad hasta que algo me devolvió a las avenidas de la lucidez del consenso. Pude notar el rápido movimiento de una pequeña arañita a todo lo largo y ancho de los adoquines del suelo, un arrastrar que no respetaba la geometría preordinada de los adoquines pues desafiaba galantemente los caminos descritos con mucha anterioridad para el movimiento sobre el adoquinado. El movimiento de las diminutas patas del animal era rítmico, con un cierto contrapunto barroco y cromatismo dodecafónico transmutando ese suave pataleo en un perfume similar a un campo de gardenias. Creí necesario el proseguir mi infructuosa persecución al inigualable aroma y melodía vanguardista. Corrí desesperado, intentando conseguir el detalle dentro de la unidad visual a la cual yo estaba expuesto. Mi sentido de la vista, ciertamente falto de agudeza, tenía poca esperanza de victoria en semejante correría; pensé en cuánto habría dado en ese momento por una cámara de video, de fotografía o inclusive un lente de aumento, e imaginé el monóculo de algún aristócrata inglés de hace ya varios ayeres. Tras una cacería particularmente larga, logré llegar a lo que parecía su refugio, escondite o madriguera: un salón abandonado dentro de uno de esos edificios con aspecto a colonial y perfume a madera carcomida por los años y joyas olvidadas dentro de un mestizaje de sangre.
En ese poco amplio recinto pude notar un reloj cuyo tiempo no se detenía desde hace ya varios años, creo yo. Me pareció extravagante y hasta una especie de mofa el hecho de que el reloj estuviera pegado a la pared con lo que parecía ser una cinta adhesiva, en lugar de algún aditamento especial… o clavos, una gran solución. Mientras me mantuve ahí, esperando lo inesperable, el reloj marchaba con una precisión que daba asco. El constante cliqueo de la manecilla conocida como segundero daba vueltas y vueltas en mi cabeza, torciéndola y deformándola a placer, primero hacia la izquierda, después hacia la derecha, después hacia enfrente, después hacia abajo, y después vueltas y vueltas para recomenzar el necesario proceso, pero ahora la derecha era abajo, y la izquierda era arriba, and so on…
Finalmente me decidí por salir del polvoso y entelarañado vestíbulo para poder respirar un poco de aire fresco. Fue hasta ese entonces de que reparé en lo extraño de los sucesos de los últimos minutos, u horas, pues podrían bien haber sido horas. Me pareció algo totalmente inusual e ilógico, un tanto incoherente pero no por ello injustificable. Seguro había una justificación, la cual yo había dejado pasar por alto. Tras meditar en ello mientras me encontraba sentado en una banca del parque, desde donde podía apreciarse con nitidez a un par de palomas recogiendo los restos de algún alimento justo enfrente de las escalinatas; fue durante el último picotazo del ave más robusta cuando noté con asombro, la justificación de todos los inexplicables eventos, y sentí la necesidad de gritarlo. Me paré. Grité: ¡Claro, es que hoy no es miércoles!
Las palomas levantaron el vuelo.


Joetich Lesai Fanh
01-VIII-2010

martes, 27 de julio de 2010

Instrucciones para identificar la afección de extrañar

Comenzará Usted a sentir una irregularidad, un extranjerismo recorriendo todo su cuerpo, cuyo génesis es, generalmente, el estomago, para después extenderse al resto de su organismo a manera de un cosquilleo interno y ligero muy peculiar. Incluso, si coloca su mano cerca del abdomen, con un poco de suerte, notará una especie de armonía disonante en el proceso natural de su respiración. Resulta pertinente hacer notar que el respirar no es el ordinario, sino ahora se hace poco a poco más cadencioso hasta llegar a armonizar disonantemente con la sensación de cosquilleo antes mencionada. Mientras ese cosquilleo alcanza las extremidades inferiores, su mente comenzará a perder nitidez (en cuanto al entorno circundante) hasta el punto de que las formas y colores antes definidos pasen a ser el borrador de una vaga imagen. Es probable que este proceso gradual se traslape con otro proceso mental, el cual consiste en evocar al objeto que se extraña. Este objeto es evidenciado de manera inconsciente por la memoria, y pasa a primer y único plano de su atención. Inmediatamente, el cosquilleo se hará ligeramente más fuerte, como una especie de descarga eléctrica momentánea, y en algunos casos es posible presentar transpiración de manera muy tenue. Se recomienda un poco de estiramiento durante esta etapa de su patología, pues en caso de no hacerlo, la pasividad e ingravidez que presentan los músculos aunado al cosquilleo místico pueden provocar pequeños tirones y desgarres. En fin, el cosquilleo presentará esa especie de descarga cada vez que la mente juegue vilmente a presentar alguna imagen del objeto extrañado. Cabe mencionar un dato: el objeto extrañado, al cual nos referiremos como el agente patógeno, puede ser tanto un objeto inanimado, como una persona o una situación. Es de lo más común que el agente patógeno sea una persona, sobre todo si este ser guarda alguna especie de relación especial con Usted, el paciente. Retomando el tema, cuando la memoria trae una imagen o sucesión de imágenes sobre el agente patógeno (imágenes que evocan emotividad y felicidad), su cuerpo presenta características especiales, entre las cuales se cuentan la aparición de mucosa nasal y la ya mencionada respiración anormal. Los ataques debidos a la patología de extrañar suelen ser de duración variable, pues depende mucho del vínculo entre Usted, el huésped, y el agente patógeno, así como la cantidad de imágenes que el agente patógeno pueda provocar en Usted. Mientras todo esto sucede, no se sorprenda si el llanto se asoma por una ventana del lagrimal, es algo perfectamente normal y efecto secundario de esta metamorfosis. Otros efectos posibles son el enrojecimiento del cutis facial, el suspiro (¡ay, el suspiro!) en cantidades variables, el relajamiento de la mayoría de los músculos esqueléticos, la alteración en el ritmo cardiaco, la ya mencionada desconexión con el entorno circundante, la falta de concentración, entre otros. Se recomienda una bebida caliente para aliviar esta sintomatología, sobre todo cuando el fluido lagrimal y nasal es abundante, pues se corre el riesgo de una deshidratación. Aunque pocos y aislados episodios de este padecimiento resultan inofensivos e incluso hasta benéficos, si éstos son repetidos y constantes pueden resultar en severas alteraciones a la calidad de vida del paciente. En caso de sufrir irremediablemente de una situación semejante, se recomienda la visita al médico para un diagnóstico acertado y un farmacotratamiento efectivo.

CAPÍTULO SIN NÚMERO, EXTRAÍDO DE NOVELA SIN TÍTULO